Toda
la visibilidad internacional que han traído las medallas olímpicas consigo nos
ha empujado a constatar de frente al mundo las carencias que viven los
deportistas ecuatorianos en su preparación y participación competitiva. Tras las declaraciones de Richard Carapaz “en
el país nadie confió en mi”, afloraron testimonios de deportistas sin
entrenador, masajistas, equipos adecuados y un extenso etc. El brillante desempeño femenino en
halterofilia con dos medallas olímpicas desveló toda una institucionalidad deportiva sin intención de apoyar, plagada de
engaños, malos tratos, responsabilidades incumplidas y trampas burocráticas.
Corresponde ratificar que estos logros
deportivos se dan en un contexto de abandono institucional, que reproduce un
sistema de precarización y a su vez reafirma la crisis histórica que atraviesa
el deporte en el país.
El
Estado burgués se presenta ajeno a su papel de gestor del deporte como
instrumento ideológico de la “política de convivencia pacífica”, quizás porque el deporte ecuatoriano viene de un proceso
histórico donde fue cooptado por la iniciativa privada y condujo parte
importante de sus recursos al desarrollo de disciplinas concretas como el futbol,
sector deportivo eje de la acumulación de capital. ¿El capital criollo
invirtiendo en un solo sector, sin diversificar sus alternativas por miedo al
riesgo que implicaría a sus monopolios? Suena irreal ¿no?
En
relación al futbol, el apoyo privado a otras disciplinas ha sido escaso,
esporádico y hasta un tanto extravagante. Pero incluso allí, no es hasta que
ciertos deportistas logran un desempeño internacionalmente reconocido, que las
marcas nacionales deciden invertir en ellos; el propio caso de Jefferson Pérez
que solo con una medalla olímpica consiguió el apoyo para la marcha atlética. Las leyes de exenciones fiscales a las
empresas que apoyan el deporte parecen no conectar con las necesidades del
deporte nacional.
El
abandono institucional a nuestros campeones y representantes olímpicos ha
desatado una legítima indignación sobre la opinión pública que exige se corten
cabezas. Lastimosamente, es fácil entrar en connotaciones morales cuando se
cumplen a cabalidad los elementos de una novela épica (o fabula religiosa), el enemigo siniestro que sabotea a voluntad
al integro héroe que carga consigo los valores de la patria y de dios. Por supuesto, la acción mediática blindó la
figura del presidente electo cargando la responsabilidad de esta polémica al no
poco despreciable expresidente Lenin Moreno. Sin embargo, no se perdió esta ocasión
para alimentar la figura del Estado inoperante, incapaz de gestionar de forma
adecuada los recursos para el deporte, altamente corrupto, un infierno administrativo
y burocrático: el gran villano.
¿Y
cómo no? Partimos de un Ministerio del Deporte
claramente inútil que abandona a sus deportistas (quienes a base de rifas y
recursos propios han logrado sostener su formación) y ex deportistas (destaca
el caso de la velocista Luci Jaramillo quien nos representó en los juegos
olímpicos del 2012 y ahora se gana la vida como cargadora en el mercado
Amazonas de Ibarra, mientras ejerce como entrenadora sin sueldo de seis
deportistas).
Una
crisis deportiva que aterriza sobre los primeros meses de gobierno de Lasso y colisiona
con severas falencias de un Estado que ha anulado su propia presencia en
contextos complejos más allá del deportivo: desde la estrategia de incluir a empresas privadas como abanderadas del
proceso de vacunación (recordemos el obsceno privilegio a las universidades
privadas), los recientes despidos en el HCAM, la amenaza de eliminar las
farmacias del sistema público de salud.
A nivel de educación sigue
en desarrollo la huelga de hambre de los maestros quienes reclaman una reforma
sobre la Ley de Educación. En temas de comunicación se perpetró la humillante y
masiva captación de datos a CNT que desató una crisis
informática que ha comprometido los servicios públicos. Sin tomar en cuenta las
declaraciones de privatización de Petroecuador que inició con la venta de 45
gasolineras altamente rentables para el Estado.
Este
gran villano que debe ser reducido, aislado y si se puede, eliminado. Lo
complicado de la conocida treta neoliberal reside en una flagrante omisión de
la urgencia social de cobertura a elementos básicos de subsistencia que la
iniciativa privada nacional, por sus características históricas, considera poco
rentables o inversiones de alto riesgo. Pero
el autosabotaje del estado burgués solo beneficia a las propias burguesías
quienes, en momentos de crisis, prefieren asegurar su capital comprando estos
activos estratégicos a precios de remate (comunicación, servicios
financieros, seguridad social, producción extractiva, servicios básicos,
deporte, etc).
Frente
a este alarmante contexto, la situación del deporte guarda una importancia
concreta, nos advierte de la renuncia
del estado capitalista a su monopolio sobre el deporte como instrumento
ideológico de la “política de coexistencia pacífica”. Quizás porque esta
responsabilidad se puede adoptar bajo condiciones materiales concretas, un
fuerte auge petrolero, por ejemplo. ¿Cuáles son los países con mejor
rendimiento deportivo? Jean Marie Brohm advierte que el deporte competitivo se
establece institucionalmente a partir de la revolución industrial ¿Dónde
quedamos los países de industrialización atrasada, dependiente o inexistente?
Hablar
de la precariedad, el abandono institucional o incluso la inversión social es
complejo porque nos saca del mito donde las voluntades y la capacidad de
ciertos actores políticos o administrativos determinan la eficiencia del accionar
público. Ciertos sectores vinculados al correísmo han aprovechado esta
situación para destacar la inversión en centros de alto rendimiento que se dio
con su gobierno; guardan razón en la superficie, esta apuesta por el talento deportivo
solo la podía hacer el Estado. Pero, ¿bajo qué contexto? La sospecha inmediata
apuntaría a que se trata de mera voluntad política, pero la
institucionalización del deporte, así como otros procesos de la modernización
del Estado burgués, está sujeto a momentos específicos de bonanza y capacidad
de maniobra sobre el gasto público.
Nos urge comprender
todo lo que implica a nivel social y económico ser un país primario-exportador,
la profunda dependencia que nos sostiene al errático mercado internacional y cómo
esto determina la fragilidad de nuestras instituciones.
Las habituales caídas de la demanda internacional de materias primas instituyen
los grandes golpes sobre la estabilidad económica del país.
El estado no podrá
sostener sectores como el deportivo si apenas alcanza para solventar las
contingencias en salud, educación y defensa. Dejar el deporte a merced de la voluntad
privada provoca la ya experimentada concentración de capital en disciplinas
concretas. Si en los momentos de crisis el Estado se remata para
salvaguardar al capital criollo, cuando exista auge esos recursos se
direccionan a reabastecer un sector público destartalado. Y si se logra la
solidez institucional suficiente para invertir en deporte, esta inversión será
dependiente, a su vez, de que el estado pueda sostenerse en sus ingresos
primarios (petroleros en nuestro caso) altamente volátiles.
No pretendo ser
pesimista, quizás un pesimismo esperanzador o un optimismo trágico. Por el momento es un error nutrir le relato
del estado villano, obeso e inoperante, peor aun viniendo de quienes lo
administran en autoatentado continuo. El deporte competitivo institucionalizado resulta un privilegio de los
países centrales, industriales o aquellos con una suerte de capitalismo estatal.
Se levanta un llamado de atención adicional a romper los ciclos de precariedad
que se edifican sobre el modelo primario-exportador, corresponde consolidar un
mercado interno que pueda sostener al sector público y privado por igual frente
a las contingencias internas y externas. Reivindicaciones que deben nacer desde
la organización popular puesto que esperar estos cambios de la democracia
financiada y dirigida por la burguesía cae en lo infantil.
Y no, Lasso, no hace
falta más Ecuador en el mundo, ni más mundo en el Ecuador. El mercado
internacional es el campeón de la WWE, como visitante o en casa, el país no
debe pelear desnutrido, mareado y patojo de un pie, por más zapatos rojos que
le ponga. Primero, a ganar músculo, como Neisi.
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Sobre
el autor: Josué Puma Muñoz es Economista, Maestrante en Economía del Desarrollo. Enfocado
al análisis de estructura productiva y económica política.


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