Un
fantasma recorre el mundo…
En
época de olimpiadas es maravilloso poder disfrutar del potencial del cuerpo
humano: la fuerza, la destreza, la disciplina, el movimiento, la técnica,
saltos en el aire, piruetas con desenlaces perfectos, levantamientos admirables,
en fin, la demostración de que el cuerpo desafía hasta lo que pareciera
imposible. Y, desde luego, como quienes compiten son seres humanos, también nos
transmiten la alegría inconmensurable del logro, de la medalla, la satisfacción
de la victoria, y su revés: la derrota y la tristeza. La combinación de todo
este arsenal de energía y emoción conmueve, impresiona, nos hace chinita la
piel, nos hace gritar y, aunque no sepamos las reglas de los deportes de los
que estamos siendo espectadoras/es, sentimos nuestra también la alegría y la
decepción de cuando alguien que comparte algo de la tierrita de unx está
involucrado.
Pero
yo no he venido aquí a hablar de los deportes, he venido aquí para escribir sobre
los márgenes: de lo que pasa alrededor de la piscina, de la cancha y del
coliseo. De las gimnastas alemanas que escogen un uniforme de cuerpo entero
como grito en contra de la sexualización, días antes saltó también la noticia
de las noruegas que fueron multadas por no jugar vóley en bikini. De Simone
Biles que prefiere el segundo lugar y manejar la presión y la ansiedad de mejor
forma, sin romper una sola raqueta como fue el caso del tenista Djokovic, o de
esa fotografía conmovedora del medallista Tom Daley mientras teje en los
graderíos cuestionando las masculinidades frágiles y ridículas por lo obsoletas
que son. También para hablar de Neisi, Tamara, Angie que nos recuerdan que las
mujeres sí podemos practicar la halterofilia y que la fuerza no solo es una
característica del cuerpo masculino. De Carapaz que nos demuestra que los
recortes a la inversión social del neoliberalismo afectan a todos los ámbitos
de la vida. Del gesto de Raven Saunders de hacer una equis con sus brazos sobre
su cabeza para indicar la intersección en la que se encuentran quienes están
oprimidxs.
He
venido a escribir de los cuerpos, de cómo están atravesados por las injusticias
que queremos desbaratar. He llegado hasta aquí para aplaudir a todxs quienes
luchan cada día por desnaturalizar lo que se creía que era estático. Estamos
politizando todas las instancias de la vida y eso también es revolucionario, es
revolución feminista, es lucha contra el sexismo, contra el racismo. Cuando nos
referimos a Neisi, no solo es la campeona, es la hija de la madre que salió su
tierra a nuevos horizontes en busca de alivio frente a la violencia, la mujer
racializada, la mujer de contextos empobrecidos cuya victoria también es una
lección en contra de la xenofobia y del sexismo, basta recordar que la
participación de las mujeres en la halterofilia dentro de los Juegos Olímpicos sucede
desde principios de este siglo. Cuando vemos a Rebeca Andrade, no solo vemos a
la segunda mejor gimnasta, vemos a la mujer negra, brasileña, de familia pobre.
Y es que estas miradas no son de condescendencia, son de celebración a la
resistencia que hoy toma como trinchera las Olimpiadas de Tokio.
Porque
el tan solo hecho de que estemos discutiendo lo que pasa en los márgenes,
visibiliza que hay problemáticas urgentes por las cuales luchar. Que sea un
tema dentro de la opinión pública demuestra que nos están pesando las cadenas
del statu quo, que estamos sometiendo todo a la crítica, porque las
transformaciones deben ser integrales a todas las instancias de la vida.
Politizar es desnaturalizar la opresión.
¡Grandes
esas mujeres que han luchado por ser parte de este evento! Es un logro que no
ha sido gratuito, recién para 2012 todas las naciones tuvieron al menos una
mujer inscrita dentro de sus delegaciones. Son estas algunas de las razones por
las cuales causa entre gracia, disgusto y mucha pena las comparaciones entre la
victoria de Neisi y el grupo de mujeres feministas protestando contra el
sexismo, afirmando que solo la primera representa a las mujeres, sin notar que
todo es una lucha interconectada que ya va dando frutos.
Cuán
grande es la lucha que hemos iniciado que lo cuestiona todo, lo politiza todo,
que no tiene zapato que le calce, que se incomoda e incomoda a todxs. Esa ráfaga
que empieza a transformar todos los rincones de la vida, ¡ya nadie, ni nada se
salva! Es como una bomba que ha venido fabricándose por décadas, que guarda en
sí misma toda la fuerza de quienes anhelaban construir mejores formas de
habitar el mundo. Esa bomba estalló y ya no hay vuelta atrás, nuestra
revolución empezó y este es solo el inicio.
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Sobre la autora: Rebeca Sánchez Montenegro, feminista proletaria, parte de la Colectiva Las Matildes. Socióloga por la UCE y candidata a magíster en Estudios de la Cultura con mención en Género y Cultura por la UASB. Investigadora militante en temas de género a través de perspectivas interseccionales.


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