Desde la última década del siglo XX, pero más claramente en este primer cuarto del siglo XXI, estamos atestiguando el cierre de un ciclo político, el de la caída de la centralidad del Estado nación. La actual crisis de la democracia solamente puede ser entendida si partimos del reconocimiento de las alteraciones globales que han estado sufriendo los sistemas políticos y las economías nacionales, justamente a partir de la centralidad que asume este fenómeno.
Si
bien en los últimos años presenciamos la reaparición de tendencias
nacionalistas que apuntan a regresar a las lógicas de los Estados y los
mercados nacionales, la tendencia de fondo, aquella que marca la estructura de
la economía y de su funcionamiento, es innegablemente de carácter global y es
posible que se trate de una tendencia que no tenga retorno.
Desde
inicios de los setenta y ochenta del siglo pasado, con el advenimiento del
llamado neoliberalismo, impulsado por Ronald Reagan en Estados Unidos, Margaret
Thatcher en Reino Unido y Augusto Pinochet en Chile, la apertura de mercados
convivió con la reducción de control de las economías ejercida desde los
Estados nacionales. Desde entonces, el Estado y la sociedad se han
desnacionalizado de manera intermitente pero sistemática. El punto más alto de
este proceso ha sido la deslocalización de las economías. La producción
industrial se ha fragmentado en múltiples procesos diversificados y
deslocalizados geográficamente. El producto final pasó a depender del
funcionamiento de cadenas de suministros que requieren de alta coordinación y
seguridad transaccional. Concomitantemente con esta tendencia, se producía la
llamada Revolución comunicacional e informacional, la cual se alimentaba y, a
su vez, retroalimentaba los procesos globalizadores.
Para
inicios del siglo XXI estaban ya trazadas las líneas de lo que más tarde sería
la economía digitalizada, que se reproduce sobre la acumulación de datos y su
procesamiento acelerado por las incesantes innovaciones computacionales. Esta
acción combinada genera procesos paralelos de alta complejidad: alta movilidad
y dinámica de los capitales financieros que dominan sobre los capitales
productivos; incremento de las brechas de inequidad a nivel global y, con ello,
aumento de las migraciones que resultan del vaciamiento de las sociedades y las
economías locales. Los impactos de estos fenómenos inciden gravemente en las
condiciones sociales globales, que se ven seriamente afectadas en sus
capacidades de reproducción.
Al
finalizar la segunda década del siglo XXI, aconteció un fenómeno imprevisto,
pero de graves consecuencias para las lógicas de la globalización: un virus
descontrolado que apareció en la ciudad de Wuhan, en China, se desplegó por
todo el planeta en el transcurso de pocos meses. Su impacto fue devastador para
las economías deslocalizadas, que se vieron seriamente afectadas por la
detención de la movilidad a la que obligó el contagio. Parecía que, de alguna
manera, la tendencia globalizadora frenaba o cambiaba su curso.
Sin
embargo, y contrario a todo pronóstico, la pandemia de COVID-19, lejos de
contenerlo, aceleró el fenómeno. Los procesos que ya se venían madurando con la
globalización deslocalizada cobraron particular impulso con la pospandemia; la
pandemia los apresuró sobremanera, cuando en el momento de su presencia
avasalladora parecía que lo contrastaba radicalmente.
¿Qué
derivaciones trae la aceleración de esta lógica de la globalización
deslocalizada en la vida de la democracia? ¿Cómo entender la expansión del
fenómeno populista y la afectación del principio de la logocracia deliberante
que caracteriza a la democracia? ¿Cómo esta afectación incide en la lógica de
los nuevos conflictos políticos, en la creciente precarización de la vida
política y su peligrosa deriva hacia la cartelización, la narcopolítica y la
creciente inseguridad de la vida social? En los acápites que siguen, acumulamos
argumentos que nos permitirán acercarnos a las respuestas.
Deslocalización
y conexiones globales.
Por
un lado, la deslocalización económica y productiva aceleró las conexiones
globales, realimentando las innovaciones tecnológicas y las migraciones que
atraviesan la geografía planetaria; incrementó el comercio y los viajes, el
transporte náutico y aéreo, pero también las transacciones en línea; se dio un
colosal crecimiento de economías transnacionalizadas en un contexto de
incrementada asimetría en la distribución del ingreso a escala global. Por otro
lado, la aceleración tecnoproductiva y la ampliación del comercio global han
incrementado los índices de contaminación y destrucción ambiental hasta límites
que ponen en riesgo la vida en el planeta.
La
deslocalización ocurre para ganar en competitividad, evitando o saltando las
regulaciones que protegen la fuerza de trabajo. La deslocalización transfiere
fases de los procesos productivos de mayor intensidad en composición de mano de
obra, a economías donde los costos laborales son más bajos, lo que incrementa
los márgenes de ganancia.
La
economía posnacional está seriamente condicionada por el capital financiero.
Los procesos productivos dependen más del endeudamiento, con lo cual se produce
una cada vez mayor e incremental transferencia de recursos desde la producción
hacia el sector financiero. Toda economía mantiene rangos de endeudamiento que
son relativos a su nivel de productividad. No hay economía que pueda escapar de
esta condición, lo que hace que la deuda sea un componente esencial del sistema
económico. La lógica financiera apunta no tanto a la eliminación de la deuda,
sino a que esta sea atendida y pueda mantenerse bajo parámetros aceptables.
Estas
tendencias inducidas por la globalización deslocalizada terminan configurando
una lógica estructural relativamente inmune a cualquier operación que quiera
contrastarla: el ajuste de las variables financieras y laborales será
permanente, el capital financiero requiere del endeudamiento y del
funcionamiento de la producción deslocalizada. De esta forma se mantienen y
reproducen transferencias de rentabilidad hacia el sistema financiero, que
hacen posible el funcionamiento de la economía y la producción, al tiempo que
se disciplina el cuerpo social en función de la productividad y de la
eficiencia sistémica.
La
pandemia de COVID-19 y su poder de reconfiguración.
El
sorpresivo y avasallante aparecimiento de la pandemia de COVID-19 puso en claro
las vulnerabilidades que desataba el modelo de desarrollo sustentado en la
lógica de la deslocalización productiva, sus efectos en el deterioro ambiental
y en las aglomeraciones urbanas que resultaban de la alta movilidad migratoria.
Por un lado, la zoonosis —transmisión del virus de animales a humanos— encendió
las alertas sobre la vulnerabilidad del ambiente natural expuesto a lógicas
extractivistas que exterminan bosques y vida animal; por otro lado, la pandemia
obligó a la detención y, en muchos casos, a la ruptura de las cadenas de
suministro de los procesos productivos deslocalizados, lo que afectó a la
industria en todas sus líneas de producción. La economía global se vio sometida
a una suerte de detención brusca, sufriendo un colosal arresto recesivo.
La
suspensión y, en muchos casos, la ruptura de las cadenas de suministro por
efecto de la pandemia, condujo a pensar en reducir la voracidad extractivista y
la aglomeración masiva; la utopía del decrecimiento apareció como la única con
capacidad de detener el deterioro ambiental y reducir la precarización social
de la globalización. Pero junto a esta toma de concienciaglobal comandada por
la misma gestión indus trializada de las vacunas, pronto se abandonó cualquier
consideración de esa naturaleza. Pasados los efectos devastadores de la
pandemia, la economía retomó su dinamismo; sin embargo, los problemas relativos
al control y la gobernanza de la deslocalización se han mantenido, dando paso a
nuevas condiciones de complejidad.
Como
toda crisis, la pandemia permitió observar la alta vulnerabilidad del modelo
económico, pero desató, a su vez, tendencias innovadoras que pronto se
demostrarían irreversibles. La pandemia fue el mejor estímulo para la
generalización de la comunicación digitalizada. El trabajo a distancia y las
transacciones económicas digitalizadas se volvieron de uso corriente, lo que
dinamizó la financiarización de la economía.
La
innovación tecnológica que ya se venía produciendo en torno a la digitalización
se aceleró en la pospandemia. La economíase digitalizó, la inteligencia
artificial emergió como plataforma que incrementa los márgenes de rentabilidad,
al tiempo que ha obligado a reestructuraciones sociales y productivas que
profundizan las asimetrías y las desigualdades sociales. Al mismo tiempo, la
comunicación digitalizada vuelve altamente eficientes las transacciones de la
economía informal, dado que esta escapa con mayor facilidad de controles o
regulaciones. Su impacto en conductas e identidades sociales es cada vez más
incisivo, trabaja con imágenes que aceleran los cambios de percepción de
actores que ahora están más conectados a las lógicas globales, pero, al mismo
tiempo, estructuralmente desarraigados de sus localidades y territorios.
Nueva
politicidad y tensiones geopolíticas.
El
impacto de la pandemia no se pudo apreciar lo suficiente, sino cuando se
superaron sus efectos letales y se logró «volver a la normalidad». El impacto
recesivo fue de grandes proporciones: el PIB global se contrajo en alrededor
del 3,1 %. Según el FMI, las economías avanzadas como Estados Unidos y la Unión
Europea sufrieron recesiones abruptas, el comercio mundial cayó en
aproximadamente un 8,5 % en 2020, el turismo internacional se desplomó un 74 %.
Los gobiernos implementaron políticas fiscales de emergencia como subsidios al
empleo y transferencias directas a empresas o a sectores vulnerables, lo que
incrementó los déficits fiscales y la deuda pública —98,9 % del PIB global para
el 2020, según el FMI—. En las economías emergentes y en vías de desarrollo, el
impacto fue igualmente desastroso, en particular en las economías más
vulnerables, lo que incentivó los procesos migratorios y el virtual
arrasamiento de los tejidos sociales. Si bien la economía pospandemia se
estabilizó, el costo fue el incremento de la deuda global y el consecuente
debilitamiento de los procesos productivos y su dependencia de las lógicas
financieras.
Estas
nuevas condiciones derivadas de la pandemia generaron nuevos conflictos y
realineamientos geopolíticos. La respuesta más lógica apuntaba en dirección a
regresar sobre las lógicas nacionales de acumulación, en búsqueda de recuperar
la soberanía sobre los propios procesos productivos. Una solución fácil de
proclamar, pero difícil de alcanzar dada la magnitud de la deslocalización con
la cual trabaja la economía global. El nuevo nacionalismo emerge bajo forma
populista, mientras el desarreglo social global se agudiza.
Las
consecuencias del fenómeno son altamente complejas. La pérdida del tejido
social es el terreno más idóneo para el surgimiento del crimen transnacional y
de la violencia; la trata de personas y los delitos asociados al narcotráfico
contaminan instituciones y ponen en serios problemas a las debilitadas
entidades de las democracias nacionales. La inseguridad se vuelve el problema
de más difícil control y evidencia el rebasamiento de soberanía que sufren los
Estados nacionales. La violencia y la inseguridad se instalan y, con ello, la
relación social se ve atravesada por el miedo, que se convierte en una
semántica generalizada.
Los
neopopulismos apuestan por la reversión a la lógica anterior centrada en la
concentración de poder estatal, regresar al proteccionismo de los mercados
internos, apostar por liderazgos fuertes que puedan canalizar esta
reconfiguración. Lo mismo ocurre en el enfrentamiento a la violencia y la
inseguridad. La tendencia dominante privilegia expedientes represivos y bélicos
sobre la recuperación del tejido social, porque la economía en los territorios
ya no responde a planes o a estrategias sostenidas de reactivación y
crecimiento. En este contexto, la operación de regreso a la planificación de
una economía sostenida en sus bases parecería no funcionar porque las
conexiones sistémicas están rotas. La economía ha consolidado procesos
deslocalizados y su desmontaje supondría un shock recesivo que tampoco
parecería ser viable.
Con
la emergencia de los nacionalismos soberanistas emergen nuevos enfrentamientos
interestatales por copar zonas de influencia. Soberanía es control de los
recursos energéticos y consolidación de áreas geopolíticas; es también
aplicación de «mano dura» para contener la disrupción migratoria; la bandera
nacionalista se pone a la orden del día. La victoria de Donald Trump en Estados
Unidos y de las ultraderechas en Europa lo confirman; reposicionamientos
geopolíticos conviven con nuevas lógicas de los conflictos atravesados por la
criminalización y la destrucción de los tejidos sociales. La política tiende a
la cartelización, la forma que mejor se adapta a los flujos de poder desatados
por la deslocalización. La política es negocio y su financiamiento es crucial
al definir los procesos decisionales; el negocio de la política convive mejor
con la lógica de la cartelización, con la cual trabajan las economías del
narcotráfico y del crimen transnacional, lo cual advierte sobre la gravedad de
la narcopolítica.
El
primero de los enfrentamientos pospandemia fue la invasión de Rusia a Ucrania.
La «operación especial» pretendía recuperar la primacía del Imperio ruso que
había sido desbaratada con la caída de la URSS. La resistencia ucraniana ha
involucrado al resto de Europa, que ha asumido el golpe como un ataque a su
soberanía, pero su capacidad de respuesta se ha visto progresivamente
erosionada y condicionada por la misma lógica soberanista que ha empezado a
posicionarse
Por
su parte, China ha emergido con más claridad como actor geopolítico global. Si
anteriormente se venía fortaleciendo y replicando las innovaciones de Occidente
en la producción de tecnologías digitalizadas, hoy su presencia en la nueva
economía digitalizada tiende a ser determinante. La pospandemia define también
el espacio para la emergencia de un actor social globalizado altamente
vulnerable, desarraigado de sus territorios.
La
crisis de las instituciones de la gobernanza global puesta de manifiesto en la
guerra de Ucrania se vuelve patente y se evidencia en la incapacidad de control
de los nuevos conflictos globales; el genocidio y virtual exterminio de la
población de Gaza instrumentado por Israel lo confirma. Pero la deflación de la
política se ve con claridad también en la inducción de violencia que afecta a
regiones enteras y que se propaga bajo «lógica de red» a todos los países del
planeta, justamente a partir de la crisis de soberanía de los Estados y las
débiles o inexistentes instancias de gobernanza nacional y transnacional.
La
innovación tecnológica sobre la que se desarrolla la globalización en esta fase
abre nuevos desafíos. La disputa por el control de materias primas requeridas
por las nuevas tecnologías y la competencia desatada por la guerra algorítmica
definen las lógicas del desarrollo económico y civilizatorio. ¿Estamos frente a
un nuevo ciclo de la globalización, ahora basado en la integración digital del
mundo? ¿Qué acontece con la democracia en medio de esta nueva configuración?
La
democracia en la post globalización.
En
la nueva realidad sociopolítica global, lo que se ve mayormente afectado es el
paradigma democrático que se afirmó con los Estados nacionales, la lógica de la
representación y de la deliberación como método para la construcción
decisional. La logocracia deliberativa, la idea de que es posible canalizar la
participación social en la toma de decisiones mediante la discusión libre entre
plurales posicionamientos políticos; de que es posible construir colectivamente
la razón pública y que, para hacerlo, es necesaria la canalización
institucional mediante filtros que procesen la diversidad de intereses y
construcciones de valor. La necesidad de evitar la entronización excluyente de
un interés sobre los otros, al tiempo de mantener abierta la posibilidad de expresión
de sus posturas diferenciadas.
Con
la revolución moderna se instauró la asamblea representativa como espacio para
la deliberación y la construcción decisional, así como determinar su autonomía
frente a los demás poderes, el Ejecutivo y la administración de justicia,
instaurándose así el principio de la división y autonomía de los poderes
públicos. Un diseño complejo no solo por su armazón organizacional, sino, sobre
todo, por el andamiaje cultural que refiere a su aceptación por los actores
sociales y la ciudadanía. La modernidad política se apoya en el paradigma
dellogos deliberativo, donde la autonomía de los poderes y el imperio de la ley
lo vuelven posible. Es justamente este paradigma el que está siendo fuertemente
tensionado en la actual coyuntura global.
La
ruptura con el paradigma del logos deliberativo se dio en la historia moderna
con el aparecimiento del totalitarismo nazi-fascista y con los populismos
clásicos. Ahora esos fantasmas vuelven a aparecer en un contexto institucional
modificado: el de la globalización y la deslocalización de los procesos
económicos y productivos. La democracia ahora debe transitar desde su
configuración a escala de Estado nacional a otra de más compleja articulación,
la de la gobernanza supranacional.
El
poder se ha transnacionalizado y las instituciones que lo regulan deben hacer
lo mismo. Los Estados nacionales difícilmente ejercen soberanía sobre los
procesos económicos deslocalizados, peor aún sobre las lógicas de los delitos
transnacionales. La deslocalización requiere conectar procesos. Para ello, se
vuelve imperativo el establecimiento de premisas regulatorias globales,
estipulaciones contractuales, acuerdos de comercio, pero también de estrategias
compartidas de seguridad que enfrenten y reduzcan los conflictos. De igual
forma, como la posdeslocalización altera los equilibrios geopolíticos entre los
Estados, su afectación trastoca las lógicas deslocalizadas de las redes del
delito transnacional. La volatilidad financiera requiere seguridad jurídica;
por ello, el indicador de riesgo país se convierte en un parámetro decisivo
para promover la traslación del financiamiento a la producción. De igual forma,
el control del poder y la gobernanza sobre los nuevos conflictos requiere el
fortalecimiento de la democracia transnacional.
Esta
línea de la institucionalización global actualmente está siendo contrastada por
neopopulismos de izquierda y de derecha. El neopopulismo se diferencia del
populismo en su grado de radicalidad al momento de contrastar las democracias.
Si el populismo clásico emerge como síntoma del deterioro de la democracia,
como denuncia de su ineficacia decisional, el neopopulismo contemporáneo
aparece como operación deliberada de desmontaje de las instituciones que
protegen al logos deliberativo.
Amparados
en la demagogia de una razón ascendente que proviene del pueblo como entidad
abstracta, los neopopulistas arremeten con las instituciones para implantar
justicia como mandato inapelable. Líderes carismáticos se autoproclaman como
quienes encarnan esta racionalidad. Su política es reaccionaria, quieren
regresar al poder del Estado nacional no para contrastar la desconfiguración
que caracterizó a la lógica de la deslocalización económica y productiva, sino
para servirse de ella.
El
ataque está dirigido no solo a las instituciones que procesan la participación
y controlan al poder político, sino a la misma lógica que debería regular las
transacciones económicas, la disciplina fiscal, los acuerdos y regulaciones que
únicamente pueden ser respetados si rige el principio que los resguarda, el de
la división de poderes y del imperio de la ley, que debería normar las
relaciones estatales y supraestatales.
Para
el neopopulismo, la soberanía del Estado solo puede estar en manos del líder
carismático que comanda la recentralización. Las leyes se decretan por el
líder, que es quien encarna esa voluntad expresada en las urnas. Nicolás
Maduro, Donald Trump, Javier Milei, Vladimir Putin lo encarnan, y quisieran
reinstaurar viejas hegemonías: la Rusia de Putin, dirigida a rearmar la
proyección imperial de la ex Unión Soviética, o la de Trump y su narrativa de
Make America Great Again. Pero también el surgimiento de otras potencias
emergentes con vocación imperial, en particular China, cuya penetración en
África y América Latina es cada vez más intensa. Sus liderazgos se afirman al
costo de suspender o eliminar la democracia del logos deliberativo. Sus
dinámicas rebasan sistemáticamente los dispositivos institucionales, los cuales
son vaciados de sentido o se vuelven estructuras porosas que viabilizan los
flujos de poder de potestades indirectas, que se fortalecen porque sortean esos
dispositivos institucionales. Nuevos liderazgos que no están para
pacificar-reducir las guerras entabladas por estas potestades indirectas; al
contrario, son utilizados por estas para incrementar sus acumulaciones de
poder.
Frente
a la presencia disruptiva de estas fuerzas, la institucionalidad que protege al
logos deliberativo es sistemáticamente tensionada y penetrada, obligada a
trabajar en paralelo a las nuevas lógicas institucionales producidas por estas
potestades indirectas. El principio-conquista de la modernidad institucional,
que es la división de poderes, termina siendo la única garantía para la
vigencia de los principios modernos de libertad e igualdad, solo que ahora el
marco de su afirmación es el de la globalización y la deslocalización, el de su
resignificación democrática. La deslocalización amplió los márgenes de
expresión de nuevos actores y nuevos derechos que emergieron con la
deslocalización, advirtiendo las vulnerabilidades que esta desata en los cuerpos
sociales —ecologismos, feminismos, ancestralismos—, que expresan el desarreglo
y la alta vulnerabilidad de la transformación global, una hipersensibilidad
social que se activa en la nueva plataforma tecnológica de la digitalización
computarizada y algorítmica. Esta emerge como nueva estructura de reproducción
del capitalismo, pero también como espacio del antagonismo y la movilización.
Las
respuestas no están a la mano, aunque seguramente pasan por la redefinición de
la composición tecnológica del desarrollo económico, por la utilización de
innovaciones que van desde la robotización hasta el uso algorítmico de la
inteligencia artificial, pero requieren de reestructuraciones políticas que las
vuelvan posibles. El antagonismo del movimiento social que se fortaleció con la
deslocalización y con su reivindicación de la diferencia, ahora deberá hacerse
fuerte, revisando radicalmente el tenor de las nuevas condiciones estructurales
de la economía y la vida social de la globalización, recuperando y reforzando
las instituciones que resguardan al logos deliberativo de la democracia.
Este artículo apareció en la revista Andina Nro. 12 publicada por la Universidad Andina Simón Bolívar (UASB) Quito, 2025.
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Sobre el autor: Julio Echeverría es un destacado sociólogo, analista político y académico ecuatoriano, con una amplia trayectoria en docencia universitaria y publicaciones sobre la política y la crisis institucional en Ecuador. Ha sido profesor en la Universidad Central del Ecuador y la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. En sus líneas de investigación trabaja la crisis del sistema de partidos políticos y la gobernabilidad en Ecuador, los procesos de desintegración del tejido social, el desarrollo urbano y el patrimonio histórico de las ciudades.

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